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Los aspectos que hacen de la Mediación la mejor solución alternativa frente a los conflictos entre personas, son más que conocidos a estas alturas de la vida de ésta técnica. A pesar de  ello, no puedo dejar de nombrar el que para mí resulta ser el más representativo e importante de todos; el hecho de que por fin el ser humano vuelva a ser consciente de que posee las herramientas para solventar todos y cada uno de los obstáculos que pueda encontrar a lo largo de su vida con terceras personas, y hacer uso de ellas, tomando las riendas de nuevo de su propia voluntad y destino.

Si bien es cierto el hecho de que aún falta un largo camino por recorrer, lo que está claro es que nuestra sociedad por fín parece estar despertando su conciencia y asumiendo la responsabilidad sobre sus actos, y prueba de ello es que cada día más, optamos por técnicas como de la que habla éste artículo.

En ocasiones, resulta más fácil que en otras recurrir a la Mediación, dependerá de la materia de que se trate. Siempre nos será más fácil negociar asuntos económicos, laborales o comunitarios, en los que la implicación emocional no es demasiado alta, que enfrentarnos a conflictos en los que el factor emocional sea determinante. Me estoy refiriendo a la Mediación en el ámbito familiar.

La Mediación Familiar, con la que pueden resolverse todo tipo de crisis personales y familiares (ya sean divorcios, separaciones de parejas estables, régimenes de visitas o pensiones para los hijos, conflictos paterno-filiales, etc) tiene, a mi entender, un plus de complejidad, dado que además de la crisis que intente resolverse, ésta acostumbra a verse envuelta en un halo de emocionalidad que suele dificultar la predisposición de las partes a negociar. Aquí cobra especial importancia la figura del Mediador, quien debe acompañar a las partes a lo largo del proceso, ayudándolas a descomprimir ese bloqueo emocional para llevarlas  a un terreno seguro, en el que los pactos alcanzados tengan garantía de éxito.

Pero el mayor obstáculo al que se enfrentan las partes en la Mediación familiar, acostumbra a ser EL MIEDO. Ese miedo, que siempre acompaña al ser humano cuando ha de tomar decisiones por sí mismo, y que ha llevado a la humanidad a delegar la toma de decisiones en un tercero (Juez o Árbitro). El miedo a lo desconocido, porque tras la Mediación las partes habrán de iniciar una nueva vida por separado. Porque ignoran si los acuerdos alcanzados van a ser respetados por el otro, o si han tomado la mejor decisión para ellos o para sus hijos. Pero lo cierto es que, si hay un ámbito en que la Mediación cobra especial importancia, y tiene mayor sentido, es precisamente en el ámbito familiar, ya que nunca una tercera persona extraña a nosotros, como lo puede ser un Árbitro o un Juez, podrá tomar decisión más acertada acerca de nuestra vida o la de nuestros hijos, que nosotros mismos.

Por lo que, a pesar del factor emocional o de los miedos que la incertidumbre pueda despertar en nosotros,  parece evidente que el mejor camino que podemos tomar frente a nuestros conflictos familiares, es el de la mediación. Porque una vez seamos conscientes de que las crisis son buenas, aunque el tránsito por ellas nunca sea fácil, el hecho es que no hay mayor satisfacción para el ser humano, que la de  resolver sus propios conflictos con esfuerzo, pero también con la seguridad de que se ha dado al problema la mejor solución.

Y ya casi parece que no se esté hablando sólo de mediación, y sí de la vida misma!

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